martes, 27 de diciembre de 2016

3.494.- Mosaico Divina Pastora de las Almas. Interior parroquia Divina Pastora, Málaga.

DEL LIBRO "GLORIAS DE MARIA EN LOS RETABLOS CERÁMICOS DE MÁLAGA"

No obstante, la joya vidriada del templo se halla oculta para muchos en un pasillo interior, junto al antiguo claustro, anexo a dependencias administrativas.  El punto de fuga visual de este corredor es un monumental mural del horno de Mensaque de 1976, en base al lienzo de Tovar, con la doble autoría de Manuel Romero para la escena principal, y la firma de Lobo, para el jarrón decorativo inferior. En este azulejo se observa un concienzudo estudio compositivo, ya que se sale del común de los murales pastoriles y pese a ser un trabajo moderno, logra un aire clásico al inspirarse en los típicos retablos de Enrique Orce del primer cuarto de la centuria pasada, en especial, los de los conventos capuchinos de Sevilla o el de la Casa de Acogida en Roma.










El conjunto ofrece una disposición arquitectónica, con una doble arcada de medio punto y una repisa en forma de copa a modo de peana de carrete. La filacteria superior alude a la jaculatoria Loor a la Inmaculada Madre del Buen Pastor, que enmarca una orla de decoración  a lo candelieri, jalonada por siete óvalos alusivos.  El programa iconográfico está rematado por el cordero sobre el libro de los Siete Sellos del Apocalipsis de San Juan, en una dualidad de este animal en su sentido celeste y terrenal. A partir de él, se configuran tres parejas de medallones, con san Isidoro de Sevilla, el beato fray Diego de Cádiz; posteriormente los atributos de las Órdenes franciscana y de las Clarisas, con el Abrazo de san Francisco y la Eucaristía; y en la parte inferior se acude a religiosos locales relacionados con esta devoción, como el sacerdote Juan Estrada y Fray Leopoldo.









Se aprecia un mayor esmero en la concreción de los rostros de la Virgen y el Niño, quizá con la técnica del aguarrás, que difumina las tonalidades y consigue un aire de divinidad, de una maestría tal que contrasta con el trabajo abocetado del rebaño, conformado por cinco borregos de desigual resultado. Especial mención merece el rostro andrógino del Niño, el sumo cuidado en la ejecución de manos y pies, portando Ella flores y Él los atributos eucarísticos, de las uvas y el trigo, y el ejercicio pictórico del pelo oscuro y velo de la Virgen, que parece mecido por la brisa campestre.







El conjunto no logra la fuerza del mural del atrio de los capuchinos de Antequera, de Enrique Orce,  en especial en la escena distante de la oveja descarriada, que en el caso que nos ocupa adquiere tintes naif, lo que le aporta un aire infantil y cercano. Asimismo, como anécdota, en la parte de la peana inferior, aparecen los aros olímpicos en alusión a la Virgen como Patrona del Deporte, fusionando la tradición antigua con las peculiaridades modernas, con la salvedad de que el orden habitual de los colores azul, negro, rojo, amarillo, verde, alusivo a los cinco continentes, viene trastocado por la combinación rojo, azul, negro, verde, blanco.  El mural se haya en un lienzo afectado por las humedades, necesitando una restauración en algunas de sus piezas, circunstancia que seguro estará prevista en la reforma integral prevista para el templo.






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